En portada: Una plática con Diego Luna sobre el poder de una conversación

PERSONAJES

Las relaciones humanas son ricas, desordenadas y demandantes, al igual que lo debería de ser una conversación con quienes sostienen argumentos distintos. Con los nuevos especiales de Pan y circo, el actor argumenta el poder de una charla profunda

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Diego Luna nos explica que los tiempos tan cambiantes pueden ser una ocasión para cuestionarnos, y así poder cambiar de dirección.

Vivimos en burbujas en las que tendemos a alienarnos y ser indiferentes al dolor de otros”, me dice Diego Luna. Esa afirmación da mucho para reflexionar. En una época en la que la era digital acorta distancias, pareciera que, al mismo tiempo, perdemos espacios para la conexión, para la que es verdadera. Se habla, ¿pero se conversa?

Sin duda, la pandemia nos ha recordado que una plática cara a cara es lo más humano que podemos hacer, el espacio donde descubrimos un significado compartido. Es una experiencia, a menudo menospreciada, de beneficiarse de la sabiduría colectiva. Una conversación puede convertirse en un camino en el que se experimenta intimidad, comunidad y, en esta época, retomarla involucra incluso un regreso a nuestros valores más importantes.

Esto es parte de lo que pensaba Diego Luna cuando creó Pan y circo, que ahora lanza una segunda parte en Amazon Prime, con cuatro especiales. Quienes hayan visto la primera temporada de esta serie, presentada en capítulos donde el actor invita a distintos expertos a sentarse a una mesa para discutir un tema en específico, se encontrarán ahora con un formato similar, pero con distintos temas. Y Diego, además de fungir como moderador, sorprende cocinando él mismo los platillos que se degustan. Todos con insumos locales para apoyar a distintas comunidades y productores.

Estos nuevos episodios duran más, pues el actor y su equipo se dieron cuenta de que, aunque existe la tendencia de pensar que el público quiere todo rápido y digerido, la audiencia de la primera temporada pidió aún más profundidad, porque busca entender y escuchar sin prisas.

“Empezamos hablando sobre quiénes somos, por qué estamos ahí, qué va a pasar. Hay una confrontación que resulta inevitable en momentos de tanta controversia y en la que se enfrentan innumerables posiciones encontradas, pero siempre terminamos con un momento de lucidez, de esperanza, del qué podemos hacer. Es invitar a reflexiones comunes”, explica el actor.


Para estas fotos, acompañamos a Diego a los Estudios Churubusco, donde grabó el primer episodio y tuvo como invitados a Zoé Robledo, director del IMSS, y al doctor Julio Frenk, quien como exsecretario de Salud creara en 2003 el Seguro Popular, entre otras figuras. En este capítulo hablaron sobre el acceso a la salud en México, una conversación que en algún momento se tornó acalorada, pero nunca infructífera.

“La idea es no darle voz a discursos tóxicos ni espacio a personajes que no están dispuestos a escuchar. Hablar es fácil, escuchar no tanto. Resulta muy sencillo entrevistar a alguien que diga una barrabasada y te haga popular instantáneamente, pero esa popularidad no nos interesa porque está vacía, no ayuda y es efímera. Aquí festejamos la profundidad y el hablar de los contrastes. Es sumamente importante que en la mesa no todos piensen igual, porque entonces el programa duraría cuatro minutos. El chiste es que haya posiciones encontradas”, agrega Diego.

Además de los invitados a la mesa, están los remotos, un nuevo elemento en estos especiales, quienes siembran en la conversación una discusión. En este episodio vemos una intervención de Juan Ramón de la Fuente, doctor y exrector de la UNAM. Otra es la de Sarah Gilbert, la investigadora responsable de la vacuna Oxford-AstraZeneca.

“Quizá donde más me sentí confrontado fue en la mesa de violencia de género...”

Durante la sesión de fotos tuvimos la oportunidad de convivir un rato con Diego, sin el estrés de la producción, que ya había acabado de grabar y que estaba por desmantelar este increíble set que el actor mismo encargó a su productora, La Corriente del Golfo. El espacio estaba compuesto por muebles seminuevos que adquirieron a restauranteros en quiebra y otros que se rentaron a boticarios. Ahí Diego nos recibió hasta con tacos, café y esa tranquila y agradable personalidad que lo caracteriza.

De este primer capítulo, me encantó una de las primeras frases dichas por el actor: “El mundo recupera su viejo rostro… aunque de normal no tenga nada”. ¿Qué es entonces la normalidad? ¿A qué rostro volvemos si no conocemos otro?

“Aunque nos propusiéramos lo contrario, sería imposible regresar a lo mismo; eso que dejamos atrás simplemente dejó de existir. La conciencia que tenemos hoy de los otros, de este mundo que habitamos, de la importancia que tienen nuestras acciones en la realidad de otros, ya no es la misma. Tuvimos que ir asimilando este doloroso trauma que nos trajo la pandemia y pensar en nuestra propia vulnerabilidad como individuos y como especie de este planeta”, dice.

¿Cómo asimilamos mejor este trauma y muchas problemáticas más que padecemos como comunidad? Una de las maneras es a través de la conversación, como lo presenta él en este proyecto. Aunque, como humanos, sabemos que no es fácil ponerse de acuerdo. Pero en una verdadera charla, nos recuerda el actor, no solo se habla, sino que se escucha, tanto a los demás como a nosotros mismos. Nos permitimos ser vulnerables como la vida misma.


¿Por qué a veces parece que huimos de una conversación? Me atrevería a decir que, incluso como latinos, tendemos más a postergarlas. Una posible explicación en la que especialistas en el tema coinciden es en nuestra cada vez mayor necesidad de controlar todo a través de la tecnología. Dejamos que el narcisismo tome las riendas.

Nos queda claro a todos que Zoom, Whatsapp y el correo electrónico funcionan para la productividad, pero en la vida real no podemos editar ni retocar. En una conversación frente a frente no tenemos la oportunidad de controlar qué aspectos y hasta defectos nuestros compartimos y cómo. En el celular, en el momento en el que nos sentimos incluso confrontados con nuestras propias creencias, tenemos la opción de apagarlo y entretenernos en otra cosa. El objetivo para Diego es justamente propiciar esa confrontación y llevarla más lejos.

“Quizá donde más me sentí confrontado fue en la mesa de violencia de género y feminicidio. Con mi relación con esos pequeños machismos que tienen mucho que ver con la violencia que vivimos en el mundo y de forma tan aguda en México. Con esas acciones en las que yo me reconozco. Tuvo un impacto en mí. En la mesa de identidad y racismo entendí cosas que no había comprendido, me dejaron girando, me fui a mi casa realmente confundido, cuestionándome profundamente”, confiesa.

Diego habla aquí de la primera temporada pero, en los dos primeros episodios de esta segunda, lo vemos cuestionar temas que tienen una conexión muy cercana con la ciudadanía. “Cuestionamos una realidad que estamos experimentando y que cuesta trabajo entender. Todo va muy rápido y en esa mesa me ayudaron a digerir lo que estamos viviendo en relación con la sociedad y el gobierno. Un diálogo que se ha polarizado brutalmente, que se ha violentado en todos los sentidos y que lo único que provoca es la distorsión y la división que debilitan cualquier movimiento y postura”, agrega.

Pero Diego es un verdadero esperanzador y si produce Pan y circo es porque realmente cree que, a través de la conversación, podemos mejorar como humanidad, incluso más específicamente, como mexicanos. “Un diagnóstico no tiene por qué ser una sentencia”, dice en esta segunda temporada. Y tiene razón.


“También somos seres empáticos capaces de sentir compasión, que sabemos amar y entregarnos a una causa, un ideal y un sueño. Somos capaces de entender, de recomponer el camino, de asimilar y de crecer con lo que nos pasa. Si no creyera en nuestra capacidad de transformarnos como humanos, de que una historia toque cierta arista de nuestra vida de una forma distinta, me dedicaría a hacer otra cosa”, a firma.

Si batallamos más en esta época tan digital por prestarnos atención unos a otros, posiblemente lo hacemos sin detenernos a pensar que lo que también sufre es nuestra capacidad de conocernos a nosotros mismos. Permitamos que la conversación haga el trabajo que mejor hace: explorar posibilidades, revelar problemas ocultos y dar voz a las personas… así como a nosotros mismos. Esa es la lección de Pan y circo.

Fotografía: Karla Lisker

Asistente de foto: Gerardo Maldonado

Stylist: Gabriela Fernández

Grooming: Alejandra Velarde


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  • Aracely Garza