Mundo, Fer y un par de cafés

SOCIEDAD MONTERREY

En exclusiva, Edmundo se confiesa por primera vez con Fernando en entrevista.

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Edmundo y Fernando Salinas hablan por primera vez frete a frente. FOTO: ABO PALOMO

Todos deberíamos hacer algo similar de vez en cuando. Hicimos una cita para sentarnos a platicar sobre nosotros. Era sábado. Entrando a la oficina de Mundo no pude más que identificarlo en todo: cada silla miniatura; cada pieza de arte; cada papel y libro perfectamente puesto en su lugar. 


“No se decora con objetos creados específicamente con ese motivo”, me diría un poco más adelante. Incluso las botellas verdes de agua mineral están donde aportan algo a la estética del espacio. He ido entendiendo que Mundo no necesita de grandes presupuestos para crear lugares bellos, sino que éstos se tornan invaluables cuando su creatividad los interviene.


Nos sentamos uno frente al otro; relajados. Somos hermanos y como tal no tememos demasiadas sorpresas del otro.De lejos me han llegado a confundir con él, pero de verdad que somos completamente diferentes. Estoy seguro que esa diferencia tan clara es en ambos fuente de admiración y desacuerdo. Nunca habrá una relación tan armónicamente antagónica como la nuestra. Nos queremos a muerte y a veces nos queremos...bueno, se entiende la idea.


Hablamos de arte contemporáneo. Estábamos rodeados de piezas de su colección. Ambos lo disfrutamos, aunque cada quien desde su visión. Para Mundo además de la estética, el valor de una pieza brota desde el artista y su historia. Él llegó a ese universo por la puerta de los creadores. “A través de mi amistad con Zélika empecé a conocer con mucha más amplitud el mundo del arte”, recordó. Además, su cercanía con artistas como Aldo Chaparro o Mario García Torres suma al valor no sólo de las obras de ellos, sino de todos los artistas a quienes, como especie, conoce bien. A mí el arte contemporáneo me atrae y me reta. Muchas veces me confunde y otras pocas no me gusta. Creo que en mí tiene el efecto claro de provocar reflexión. Ahí es donde yo le encuentro valor. En general me hace recordar que hay tantas perspectivas y opiniones, como colores y materiales. Las obras me hablan en un plano emocional. Algunas me alejan y otras me enamoran.


“Creces queriendo que todos hablen tu idioma, pero en la familia se hablan diferentes idiomas”, me dijo. Cuando eres un niño no entiendes sobre perspectivas y no entiendes que los demás no ven el mundo como tú. Compartir lo que consideras valioso puede ser frustrante cuando otros no le dan el mismo valor. Mundo dibujaba casas; diseñaba y visualizaba en su mente espacios bellos. Vivía en su universo. “Tu estuviste igual de incomprendido”, me dijo. La música y las letras han sido mí idioma. Mundo considera que “La familia es aprendizaje” y yo estoy de acuerdo. “Aprendes que no todos están en tu misma frecuencia y que no debes pedir que nadie viva la vida como tú.” Sí. Hay lenguajes que no entendemos, pero que al oírlos podemos reconocer como hermosos. Yo disfruto mucho ver y vivir los espacios que crea Mundo. Él es de los primeros que me lee y me escucha, si es que canto.


Platicamos de nuestros caminos. Mundo es un arquitecto. Tuvo el privilegio de descubrir y amar sus talentos desde muy joven. “Era mi esencia”. Su camino quizás no ha sido fácil, pero sí ha sido claro. En el mapa de la vida, hace años marcó un destino y sus días han sido un continuo andar hacía allá. Para mí las rutas han sido más variadas y el destino quizás no ha importado tanto. Él siempre ha estado atento a que no me distraiga demasiado. Es mi hermano mayor. No busca sentir responsabilidad por sus hermanos, pero en sus palabras: “es inevitable”.

Recordamos, hablamos y nos reímos. Somos para el otro una conexión con el pasado; con nuestros cimientos y con el inicio de nuestras historias. Quizás estar frente a un hermano es siempre enfrentar al niño que fuimos; ese que vivía sus pasiones y las proyectaba en el futuro. Es un examen de conciencia.

Quise saber más sobre su trabajo. “Es mi pasión”, así de simple me la puso. Hace lo que mejor sabe hacer y lo hace porque lo disfruta. Su despacho es un taller en el que mentes creativas se nutren de su visión y aprenden a aportar belleza bajo sus principios. “Todo pasa por mí”, me explicó “y mi regla es: si ya pusimos algo, vamos a evitar al máximo volverlo a usar jamás”. Su trabajo es personal y siempre nuevo. “No es el camino fácil, pero de otra manera no me divertiría”. Yo lo vi pasar horas dibujando casas; disfrutando su talento. En nuestra plática me quedó claro: nada ha cambiado. Esa es la clave: haz lo que el niño que fuiste soñaba. No hay margen de error.


En aquella oficina donde Mundo preside sus sueños; rodeados de arte y con las manos pesadas de historias y proyectos, acabamos con un abrazo mi hermano y yo. No hay duda: todos deberíamos hacer algo similar de vez en cuando.

Mi pasión es escribir; conectar con la gente y esbozarlos con letras. Iniciar este proyecto con él me llena de orgullo, me da la oportunidad de homenajear mi propio origen y de aprovechar la fuerza de emociones honestas y muy mías. “sabes que traes algo” me dijo Mundo, “tal vez ya es momento de dejarlo salir”. Estoy de acuerdo.​


Soy Fernando Salinas 

Aquí inicia mi proyecto. Soy escritor y me dispongo a exponer la humanidad detrás de historias de vida. Mis escritos nacen de mi amor por la gente y de mi pasión por las letras. Yo los llamo perfiles. Son mi manera de delinear la personalidad de quienes me abren sus vidas. Gracias sin límite a ellos.

El primer perfil que escribí fue el de mi hermano, Mundo. Con él compartí los primeros capítulos de mi vida; es casi simbólico que hoy compartamos estas páginas. Con motivo de la publicación de este primer perfil, te invito además a un breve encuentro entre hermanos: Mundo, Fer y un par de cafés. Hablamos de arte, de nuestros caminos y pasiones.

Todos tenemos una historia maravillosa que contar. Nos vemos pronto.


El niño que quería hacer casas

Sin duda es uno de mis clientes consentidos y muy probablemente el más exigente. Quizás es porque lo conozco. Y lo conozco bien. No en balde fui testigo involuntario de sus inicios: “vamos a remodelar el cuarto”; “pero yo quiero oír música”; “ándale, Fer, tú vas a ser el cargador”. Así pasábamos tardes enteras; cargando cinco muebles y renovando el espacio que nos vió crecer a los dos. No, nuestras actividades no eran las que típicamente comparten los hermanos. Eso las hace memorables. Yo tendría unos siete años y Mundo doce cuando remodelamos una y otra vez el cuarto que compartíamos.

No es sencillo tratar de etiquetar el estilo de Edmundo Salinas como arquitecto o interiorista. Cada trabajo parece ser un reencuentro con las posibilidades. Con todas. “Nos gusta reinventarnos en cada proyecto” lo he escuchado decir. Sin embargo es consistente en el equilibrio; en la compulsión por la estética y en la obsesión con los detalles. Es sencillo deslizar la mirada sobre sus diseños y sentirse tentado a buscar un detalle que rompa la armonía. Entonces lo encuentras y es la pieza que lo une todo: un cuadro, una escultura o una textura impredecible. La única regla es la belleza. 

 Lástima que en los ochentas no tomábamos tantas fotos. “Te voy a construir una aldea para tus pitufos”. Con cartón y papel pintado fabricó un escenario increíble donde acomodó todos mis pitufos. Hongos de colores, una cerca, pasto; había nubes y hasta una carretilla. Era perfecto. Mi nueva ciudad de papel estaba en un repisa empotrada en la pared. Una repisa con puerta que apenas alcanzaba de pie sobre mi cama. Terminó su proyecto y muy orgulloso me dijo: “La puedes ver. Nada más que no la vayas a tocar”. Desde entonces sus diseños son como una parte que se desprende de él. Como un hijo que no quieres que se vaya y que deje de ser tu reflejo. Hoy no pide a sus clientes que no toquen sus casas, pero busca que su trabajo sea realmente suyo. Para sus clientes, pero suyo. 

 Una constante en la vida y el trabajo de Mundo es el arte. Su afición por el arte contemporáneo es una muestra del placer que le da la estética. No importa si es abstracto, figurativo, artesanal o casi accidental, hay un magnetismo que las formas y los colores bellamente dispuestos ejercen sobre él. En su diseño de la Galería RGR y sus trabajo en zona MACO es evidente el respeto que le tiene al arte. En sus diseños residenciales siempre sobresalen una o más obras elegidas con su asesoría. 

 En aquel tiempo no usábamos cinturones de seguridad. No recuerdo que los coches tuvieran. Cuando íbamos en la Brasilia naranja de mi mamá, íbamos sueltos y viendo hacía afuera. A veces contando coches de algún color, a veces nada más sintiendo el aire en la cara. Mundo era un poco diferente “Cuando íbamos en el carro jugaba a que tenía una pistola que hacía invisibles las cosas feas”. En su universo la falta de estética no es una amenaza. Puede desvanecerse. La belleza es el estado original de la naturaleza y a la que hay que regresar. Mundo interviene espacios, como interviene el desierto la presencia de Black Rock City durante Burning Man. La belleza es pasajera, pero la experiencia de lo bello nos modifica para siempre. 

 Con el Museo del Noreste o MUNE, Edmundo Salinas, junto con Manuel Lasheras, intervino el espacio público más importante de Nuevo León. Es un edificio modernista lleno de vida y movimiento. “Una abstracción de capas y montañas que buscan contar la historia”. Su visión es metafórica y práctica, pero sobretodo estética. Verlo de noche vale mucho la pena. Parece como si guardara una luz que se escapa por enormes grietas en sus costados. 

 Si fue un niño normal o no. No sé. Ni siquiera sé si hay tal cosa. Sé que cada vez que le preguntaban ¿qué vas a ser de grande? decía: “voy a hacer casas”. Para mí era obvio. Cuando él no estaba, me gustaba sacar sus cuadernos y ver sus dibujos (a él no le gustaba tanto). Eran páginas y páginas de casas. Siempre se imaginó arquitecto y siempre ha sido arquitecto. 

 En algún momento remodelamos nuestro cuarto por última vez. Seguramente no lo sabíamos. La aldea de los pitufos se acabó, porque claro que sí la toqué. Mundo dejó de ser niño, pero siguió siendo Mundo. Hoy su pasión por la belleza pasó de los cuadernos a los espacios. Cada uno de sus proyectos es único, pero hay siempre una constante: desde la aldea de papel, hasta el museo, “en todos los proyectos ponemos el alma y el corazón”. 

Nos vemos pronto, 

Fernando 



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