Una platica con Damián Alcázar: “Soy un antihéroe nacional"

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El actor nos habla de sus convicciones: Las verdaderas necesidades de la industria del cine en México y por qué se considera un antihéroe natural.

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Siempre polémico, no da importancia a los ataques que recibe y considera que logra transmitir un mensaje más claro sobre sus posturas e ideologías.

Aunque sus declaraciones encienden las redes cada vez que publica un tuit, para este actor, nacido en Jiquilpan, Michoacán, la denuncia política se ha convertido en parte fundamental de su discurso. Siempre polémico, no da importancia a los ataques que recibe y considera que, a través de su profesión, logra transmitir un mensaje más claro sobre sus posturas e ideologías.

Así lo hace en Poderoso Victoria, película dirigida por Raúl Ramón que, a poco más de dos años de haber sido filmada, por fin se estrena este 5 de octubre, como parte de la competencia del Festival Internacional de Cine de Guadalajara (FICG).

En esta cinta, rodada principalmente en locaciones naturales del estado de Durango, como Mapimí, un pueblo minero abandonado en el siglo pasado, comparte créditos con los actores Édgar Vivar, Paulino Partida, Joaquín Cosío, Said Sandoval y Roberto Sosa, entre otros. La historia narra cómo una comunidad queda desprotegida luego de que el gobierno le quita el tren. “Es un poco la analogía de lo que ha venido sucediendo en nuestro país, pero con un giro muy esperanzador. Podría decirse que es realismo mágico mexicano puro, muy al estilo de Juan Rulfo, porque el texto es, en verdad, extraordinario; las imágenes, la paleta de colores, el vestuario son maravillosos, y el director es un caballero entrañable, así que todo armoniza con el entorno”, dice.


¿Es la contraparte a tantas historias que has filmado, en las que pareciera que no hay esperanza?

Es casual. Cuando tú haces una historia compleja, siempre va a ser contestaría y siempre va a cuestionar las circunstancias por las que se está viviendo. En este caso, por ejemplo, está (la denuncia) de refilón nada más, aunque es un pueblo al que abandonan. Se llevan el tren y punto, porque se acabó el oro y la plata; además estos eran de los ingleses, así que podrás darte cuenta de que la situación sigue igual: las riquezas del país siempre se las llevan otros.

¿Se puede decir que es una misión personal llevar estos temas a la pantalla?

No. Es una convicción de vida, porque yo, desde niño, supe, vi y leí que estábamos en crisis. Y siempre hemos estado en crisis, siendo un país tan rico, con tantas posibilidades, con los mexicanos que, de verdad, somos maravillosos y hombres de trabajo. El asunto es que, por el abandono al que se le ha sometido al pueblo, hay gente que eligió otros caminos y se ha puesto terrible.


En cuestión creativa, ¿ha cambiado algo en México durante los últimos tiempos?

No creo, siempre es lo mismo. Hay muchas historias, muchos guiones, unos muy buenos, otros no tanto. Pero ese no es el verdadero problema que tiene la industria.

Lo que realmente necesita el cine mexicano son salas para su exhibición, y eso lo tienen que saber los responsables. Por ejemplo, si esta película la ven solamente 200 mil personas, representa una pérdida; la deberían de ver por lo menos dos millones, en un país de 120 millones, para que el propio cine sea redituable y podamos tener una industria sólida.

Mucho se ha dicho sobre recortes de presupuesto a la cultura...

La mera verdad yo prefiero que coman bien nuestros niños desnutridos de la sierra de Tapijulapa, en Tabasco, que estar peleando que den 10 millones más para hacer la ceremonia de los Arieles. Hay que pensar en el país y, si queremos cambiar, hay que dejar nuestras becas aparte y permitir que otros tengan algo para el sustento.

En tus películas pareciera que siempre buscas papeles de liderazgo, ¿es así?

Para nada, yo soy un antihéroe natural, pero sí me gusta señalar cosas que hacen falta y que quiero (...) Uno siempre está a la caza de los mejores textos. Yo leo algo y digo: “¡Lo quiero hacer a como dé lugar!”. Hago espacio, empujo fechas y lo que sea necesario con tal de participar. Este fue uno de esos casos, porque tenía la invitación para hacer una película que se iba a filmar en Ámsterdam y en Colombia, evidentemente con muy buena plata, pero yo dije que no podía ser, porque ya había dado mi palabra en este proyecto; y no solo por eso, sino porque en verdad es una historia que había que contar.


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