Chef Valerio, dispuesto a compartir sus secretos

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Luego de 15 años de trayectoria, ha decidido transmitir sus conocimientos a los mortales.

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Valerio Ávila / Foto: Carlos Dayan Aparicio.

Hace 33 años que Valerio Ávila vive en Santa Matilde. Aunque en esencia sigue siendo un pueblo, a él le gustaría que las cosas siguieran como antes. “Jugábamos en la calle, poníamos nuestras porterías… pasaba un carro, nos hacíamos a un lado y seguíamos. Ahora los carros no dejan de pasar”, lamenta.

En aquellos años de infancia, su abuela hacía tortillas en un comal que no era comal, más bien una tapa vieja de aluminio. Valerio viene de una familia humilde. En casa, el guisado y la sopa iban en el mismo plato. “La gente me pregunta que si vengo de familia que se dedica a los restaurantes y realmente no; a mi mamá no le gusta cocinar”, confiesa.

Todavía recuerda su primer restaurante, El Obelisco, “el restaurante de los políticos”. Ahí comenzó como garrotero, como simple ayudante de mesero.

“Empezar desde abajo, como en cualquier negocio, es muy importante. No puedes llegar a dirigir si no entiendes a la gente”, asegura. Valerio fue empleado muchos años, incluso un empleado de alto rango. Durante 5 años estuvo a cargo del extinto restaurante El Capitán, posición por la que mucha gente lo recuerda y experiencia que le ayudó a crecer personal y profesionalmente.

Ahora puede decir que tiene un estilo. Sabe lo que quiere y lo que puede ser más rentable para un negocio. “Me gusta la comida sencilla, sin pretensiones, que esté rica. Me gusta mucho lo fácil y la comida mexicana: frijolitos con huevo, arroz, todo muy rico, apostándole a la calidad del producto”, revela.

Esta, su esencia, la ha trasmitido a su marca, Erizo, un restaurante de mariscos que describe como “chido, casualón y relax”. Pero también la llevó hasta su casa, en donde creó Kali, un taller de cocina en donde puso todos sus juguetes, botellas, revistas y cositas de la cocina que ha ido recolectando con el paso de los años.

“Me caso y le digo a mi esposa (la chef Sam Landaverde) que quiero tener un espacio nuestro, donde me sintiera muy a gusto, y surgió la idea de Kali. Es un espacio para impartir talleres de cocina privados, para 4 u 8 personas”, explica.

Antes del COVID lo anunciaba en redes sociales. “¡Hoy, taller de ceviche! ¡Hoy, taller de pastas!” La contingencia frenó el proyecto, pero con la recuperación económica también se recuperan los sueños. “Es muy dinámico, teórico demostrativo. Hay gente que dice: es que no tengo nada de experiencia. No te preocupes, aquí te enseñamos”, afirma.

Viernes, saliendo de la chamba, directo al taller de cocina… muchos llegaban con pocas expectativas, pero Valerio les cambiaba el ánimo. “Una chelita, un vinito”, ofrecía. Ya con el mandil puesto la gente se empieza a relajar y entra en confianza.

“Al final, cuando terminamos, nos sentamos a comer, porque es eso, un espacio para convivir, para degustar, y que se la pasen muy bien”, comparte Valerio. Dice que siempre fue muy penoso, pero su buena vibra, su “chido” interior permite que cualquiera pueda aprender a cocinar.

"Kali es aprender, compartir y disfrutar" , concluye el chef. A él no le importa revelar sus múltiples secretos con tal de que la gente se vaya contenta.

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  • Elliott Ruiz